BARRICADAS ROTAS
Barricadas rotas: la rebeli—n de Oaxaca
en la victoria, la derrota, y m‡s all‡.
Un ensayo
realizado por el grupo Reinvenciones Colectivas (Collective Reinventions)
Traducido al espa–ol por Kurt Hackbarth*
El texto siguiente es el resultado
de un esfuerzo de colaboraci—n, y es el fruto de una cantidad considerable de
reuniones y discusiones. Refleja
el estira y afloja e incluso las dudas de una larga conversaci—n. Es preciso recalcar al inicio, tambiŽn,
que este ensayo no pretende ser una cr—nica definitiva de la rebeli—n de
Oaxaca, ni es el producto de una experiencia directamente observada o vivida de
los eventos mismos. Como en todo
evento hist—rico significativo, hay muchas verdades – en lugar de una
Verdad Absoluta – por descubrirse en la rebeli—n de Oaxaca. En todo caso, este an‡lisis fue escrito
a una distancia literal del descontento en MŽxico durante el periodo
considerado en este ensayo. Aunque
el texto es partidario sin reparo, en el sentido de tomar el lado de los
rebeldes de Oaxaca, y espec’ficamente los m‡s radicales de entre ellos, no es
œnicamente una obra de defensas o disculpas. Mucho menos representa el tipo de ventrilocuismo comœn de la
izquierda: no habla por Oaxaca, que puede sin duda hablar por ella misma. Busca ofrecer una perspectiva de la
rebeli—n y revelar algunas de las ra’ces de un fen—meno complejo, y nada m‡s.
Fue escrito despuŽs del apogeo
de la rebeli—n de Oaxaca, pero con la certidumbre de que el movimiento no ha
claudicado, que de una u otra forma la lucha que empez— en el 2006
continuar‡. Presentamos nuestro
an‡lisis con la esperanza de que Žste arrojar‡ algo de luz sobre Oaxaca antes
de que la sublevaci—n sea mitificada (por los antiautoritarios); distorsionada
(por todas las vanguardias leninistas quienes, en su arrogancia, tienen ansias
de impartir sus ÒleccionesÓ severas a las ÒmasasÓ de Oaxaca); o sencillamente
se desvanezca, lejos de los focos de los medios de comunicaci—n.
I
DespuŽs de todo eso, no vamos
a ser para nada como antes; no podemos y no queremos serlo.
Residente de Oaxaca citado en La batalla por Oaxaca (Ediciones Yope Power, Oaxaca: 2007)
Durante la œltima mitad del 2006, y continuando buena parte del 2007, la ciudad de Oaxaca, MŽxico fue el epicentro de una rebeli—n que desafi— tanto al estado mexicano como a su encarnaci—n local, el gobernador Ulises Ruiz Ortiz. As’ haciendo, el movimiento social que emergi— en Oaxaca desafi— a otros nexos de poder, capital y clase dentro de MŽxico, asumiendo matices marcadamente antijer‡rquicos y, con el tiempo, antisistem‡ticos. Mientras crec’a, expandiŽndose mucho m‡s all‡ de su enfoque y exigencias iniciales, la sublevaci—n en Oaxaca tambiŽn disip— los conceptos convencionales de la centralidad y la importancia de los criterios cuantitativos: la capital provincial del estado con el segundo m‡s alto ’ndice de pobreza (despuŽs de Chiapas), una ciudad mejor conocida m‡s all‡ de sus fronteras como destino tur’stico, se convirti— por un tiempo en el punto de enfoque de una atenci—n considerable por parte de la opini—n radical en todo el mundo.
Aunque comparti— ciertas caracter’sticas con el movimiento zapatista en el vecino estado de Chiapas –de modo considerable por su fuerte inclinaci—n hacia los pueblos ind’genas y la defensa de sus tierras y tradiciones comunes– hubo tambiŽn diferencias significativas con el EZLN (EjŽrcito Zapatista de Liberaci—n Nacional). El movimiento oaxaque–o surgi— en un medio urbano, aunque recib’a el apoyo (e incorpor— las inquietudes) de las comunidades rurales, mayoritariamente ind’genas, del interior de Oaxaca. A diferencia de los zapatistas, adem‡s, no tuvo ejŽrcito, s—lo muchedumbres de hombres y mujeres determinados, apoyados en momentos clave por contingentes de j—venes dispuestos a luchar contra la polic’a en las calles de la ciudad.
De manera crucial, en Oaxaca no hubo ningœn l’der carism‡tico con el molde del voluble Subcomandante Marcos.[1] En su lugar, se hac’a referencia – repetidas veces en el discurso del movimiento – al hecho de que era en movimiento de los de abajo, significando tanto que los participantes proven’an principalmente de la base de la pir‡mide social mexicana como que el movimiento mismo era controlado por sus bases y no por los que pretend’an convertirse en sus Òl’deres.Ó La rebeli—n encontr— una expresi—n organizada en una asamblea, y lo hizo as’ en el plural, no en el singular. No s—lo se adjudic— el nombre de Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), sino que tambiŽn era un movimiento en un estado casi permanente de asamblea, o m‡s bien asambleas, al menos en su fase inicial.
M‡s all‡ del asunto de la forma del movimiento –que recuerda las tradiciones de la democracia directa tan queridas por la izquierda antiautoritaria– tambiŽn hay, por supuesto, el asunto de su contenido. Aqu’, uno pisa con cuidado. Aunque muchos reportajes sobre la sublevaci—n en Oaxaca han enfatizado su radicalismo, su naturaleza innovadora, su condici—n como Òla primera rebeli—n del siglo XXI,Ó tales afirmaciones se han hecho a menudo en el lenguaje simplista y rimbombante que es el distintivo del triunfalismo izquierdista.[2] Tales versiones del movimiento a menudo se leen como una alegor’a moral en la que el Pueblo noble –el cual, segœn la consigna ingenua de la militancia latinoamericana, Òjam‡s ser‡ vencidoÓ– luchan valientemente contra el Mal Encarnado (Ulises Ruiz Ortiz, el gobierno mexicano, el imperialismo yanqui). Dadas las realidades de Oaxaca, su pobreza agobiante y sus autoridades brutales y corruptas, una tal interpretaci—n tiene algunos aspectos veros’miles. Pero apenas hace justicia a las complejidades de la rebeli—n oaxaque–a, y proporciona muy pocas bases para una discusi—n de sus implicaciones.
Otras voces, m‡s cr’ticas pero igualmente estridentes, se–alaron las debilidades, las contradicciones y las insuficiencias de la rebeli—n. Los ‡ridos marxistas de la Corriente Comunista Internacional expandieron su veredicto usual sobre tales sublevaciones: no suficientemente ÒproletarioÓ. Los insurreccionalistas anarquistas de la Ciudad de MŽxico denunciaron una rebeli—n que no aboli— el estado y el capitalismo en una noche. Otra vez, en tales an‡lisis hab’a granos de verdad: la rebeli—n oaxaque–a pod’a entenderse como un tipo de populismo radical; hab’a algunos bur—cratas presentes en la APPO desde su inicio. Pero el rechazar la rebeli—n entera de esta manera s—lo demostr— hacia d—nde puede conducir el dogma: quitar el pedestal sobre el cual uno est‡ parado. No hay necesidad de aprobar el movimiento oaxaque–o ciegamente y convertirse as’ en otra porrista izquierdista, sin embargo las actitudes de superioridad desde–osa o denunciaci—n maximalista tampoco son œtiles. De no ser, por supuesto, que queramos perder por completo el significado pleno de la rebeli—n.[3]
Dicho esto, debemos reconocer que aun durante la cima de la rebeli—n, cuando los fuegos de Oaxaca fueron vistos como las almenaras de esperanza en todo el mundo, ciertas paradojas fueron percibidas por algunos comentadores. He aqu’ un movimiento que resonaba internacionalmente con los que estaban en contra del status quo, y sin embargo dentro de MŽxico mismo la rebeli—n no encontr— gran eco, y ninguna continuaci—n en tŽrminos de acciones de masa o rebeliones similares. Aunque hubo una cobertura extensa de Oaxaca en los medios de comunicaci—n mexicanos, no hubo una huelga general en el pa’s en apoyo a los que estaban siendo aplastados por el poder represivo del gobierno en el noviembre del 2006, ni erupcionaron a travŽs de MŽxico uno, dos o muchos Oaxacas.
Donde el situacionista Raoul Vaneigam vio una Comuna de Oaxaca –y en esta ret—rica estaba solamente reafirmando un tema usado por otros antes que Žl– una gran cantidad de mexicanos vio otra cosa. Con raz—n o no, vieron a Oaxaca como una o m‡s de varias cosas: una huelga corporativista e interesada de los maestros; una rebeli—n perteneciente a los pueblos ind’genas de Oaxaca, y no al resto de MŽxico; un asunto totalmente local que tocaba arreglar a los oaxaque–os. Aunque la influencia de las distorsiones de los medios de comunicaci—n no puede descontarse, no explica todo. Lo que queda claro es que algo en el movimiento oaxaque–o, o en las realidades mexicanas actuales, tuvo el efecto contrario de inspirar a otros movimientos parecidos. El poder entender esto es, quiz‡s, el desaf’o anal’tico m‡s grande que enfrentan los que se identifican con el movimiento.
Para llegar a un punto donde pudiŽramos atrevernos a contestar a las preguntas arriba planteadas, tendr’amos que renunciar a la presunci—n de creer que podemos ÒexplicarÓ a Oaxaca, como si hubiera una explicaci—n œnica (o juego de explicaciones) que pudieran aducirse, o como si la gente en las calles de Oaxaca (o en otros lugares, por cierto) estuviera esperando algœn acto benŽvolo de interpretaci—n cr’tica que otorgara un significado sobre lo que ya han hecho significativo en sus propias vidas.
Es necesario tambiŽn retroceder un poco, para permitir que nos volvamos a asombrar por lo que s’ tuvo lugar –y sigue teniendo lugar– en Oaxaca. Si tanto alboroto se ha armado sobre la rebeli—n de Oaxaca, es en primer lugar por causa de todo el alboroto ocurrido en Oaxaca mismo. Empezando en junio del 2006, y continuando casi sin interrupci—n durante los pr—ximos seis meses, la gente presuntamente comœn de Oaxaca hizo cosas poco comunes.
En una Žpoca en la que los asuntos medioambientalistas parecen superar a todos los dem‡s (y no se puede negar su importancia fundamental), vale la pena recordar que existe un ambiente humano, y un mundo social, tambiŽn. Lo que ocurri— en Oaxaca fue un ejemplo de un cambio radical del ambiente, logrado con un m’nimo de recursos y un m‡ximo de iniciativa y creatividad. Abarc—, incluso, el novedoso plan de reciclaje implementado en las barricadas de Oaxaca: piezas de basura, o autom—viles enteros, recibieron nuevos usos. Los muros de la ciudad fueron repintados con graffiti, donde figuraban las invectivas aplicadas con pistola de pintura y los dise–os estarcidos. No todo alcanzaba el nivel de poes’a –de hecho, demasiado de ello permaneci— al nivel de mero esloganismo– pero s’ logr— el efecto de recordar al mundo que s—lo hab’a visto a Oaxaca como un pueblo pintoresco de mercado que algo realmente estaba sucediendo en este lugar, que la ciudad era un campo de batalla cuya identidad estaba en disputa, y cuya fisonom’a hab’a sido reformada.
La erupci—n de lo maravilloso en Oaxaca tom— a muchos por sorpresa. En la ausencia de investigaciones serias realizadas en el escenario o de cualquier tentativa integral de hacer que los rebeldes oaxaque–os contaran sus historias por ellos mismos, varios an‡lisis prefabricados fueron puestos al servicio, sin reparar mucho en si iban o no acordes con la situaci—n que pretend’an describir. No son s—lo los Òmedios corporativosÓ los que se dedican a reportar las noticias de manera superficial; muchos de los posts en Indymedia, aunque estŽn claramente motivados por algo m‡s que el fin de lucro, han sido culpables tambiŽn de lo mismo. A pesar de la supuesta Òera de la informaci—nÓ, siguen existiendo barreras lingŸ’sticas y culturales que impiden que un evento como Oaxaca sea enteramente traducido en palabras, ni siquiera en espa–ol.
Muchos partidarios izquierdistas del movimiento de Oaxaca han elaborado una soluci—n r‡pida y f‡cil al enigma de sus or’genes: todo se debe a los estragos del Òneoliberalismo.Ó Adem‡s, en un caso cl‡sico por intentar vincular de manera simplista una ÒcausaÓ a un efecto, la sublevaci—n de Oaxaca se ha caracterizado como una respuesta a, y una revuelta en contra del impacto nocivo del TLC y el Consenso de Washington: el juego de acuerdos comerciales y pol’ticas econ—micas que constituyen el arsenal del neoliberalismo, el cual es s—lo un nombre m‡s nuevo de la econom’a laissez-faire o monetarista (de la Escuela de Chicago que tanto da–o ha hecho en Chile y Argentina, por ejemplo).[4]
Por supuesto, el mero hecho de que un argumento sea simplista –uno piensa en el argumento de que la necesidad estadounidense por controlar el petr—leo fue la causa principal de la invasi—n de Irak– no quiere decir que estŽ completamente equivocado. El asunto es si el neoliberalismo fue el casus belli de la guerra social en Oaxaca, o incluso el blanco principal de los que han bajado a sus calles en protesta.
Claro est‡, el da–o infligido por el neoliberalismo puede y debe ser medido. Durante los œltimos 20 a–os, MŽxico ha estado atrapado en el v—rtice del hipercapitalismo globalizador y sus poderes transformadores y destructivos, de los que el TLC fue s—lo una expresi—n relativamente peque–a.[5] Antes de implementarse el TLC, el multimillonario populista tejano Ross Perot advirti— de manera oscura sobre un Ògigantesco sonido de succi—nÓ que se iba a poder o’r mientras los empleos industriales norteamericanos migraban al sur de la frontera con MŽxico. Ni le importaba ni fue lo suficientemente clarividente como para saber que el espect‡culo pos-TLC de horrores con el cual intent— asustar al electorado estadounidense habr’a de ser mucho m‡s complicado con respecto a MŽxico.
Las fuerzas hidr‡ulicas habr’an de ahuecar la econom’a estadounidense sin transferir grandes cantidades de trabajos industriales o pos-industriales a MŽxico, excepto en la zona maquiladora (montaje para la reexportaci—n, mayormente usando componentes de origen no mexicano) a lo largo de la frontera Estados Unidos-MŽxico. Y puesto que realmente fue asunto de un mercado global, y del impulso de encontrar el precio de mano de obra m‡s bajo, MŽxico result— ser de interŽs pasajero para el capital trasnacional. MŽxico empez— a perder trabajos los cuales fueron tomados por China y otros lugares, y su sector de exportaci—n se vio minado por productos de ‡reas cuyos costos de mano de obra eran todav’a m‡s bajos. La inversi—n en el peque–o sector de electr—nica en MŽxico ha proporcionado una cantidad relativamente baja de trabajos de montaje y manufactura de alta tecnolog’a, y estos han sido agrupados principalmente alrededor de Jalisco y la Ciudad de MŽxico, adem‡s de la zona maquiladora antes mencionada. En tŽrminos de la tecnolog’a inform‡tica, lo que result— fue una Òeconom’a de enclaveÓ, y no un ÒdespegueÓ de la econom’a mexicana entera. (Para mayor informaci—n sobre este tema, ver Kevin P. Gallagher y Lyuba Zarsky, La econom’a de enclave: inversi—n extranjera directa y desarrollo sustentable en la industria electr—nica de MŽxico, Cambridge, MA, 2007).
Es m‡s, la atracci—n magnŽtica de los Estados Unidos –que durante dŽcadas ha estado extraoficialmente importando una fuerza laboral econ—mica para sus sectores agr’colas y de servicios desde MŽxico– no desapareci— con el TLC. Una cantidad significativa de trabajadores Oaxaque–os han continuado a migrar hacia el norte, y sus remesas se han convertido en una gran fuente de ingresos para la econom’a oaxaque–a.
Sin embargo, esta historia m‡s amplia, es en realidad s—lo una parte de la historia en lo que respecta a Oaxaca. Si el TLC y los cambios provocados por las pol’ticas neoliberales han formado a las corrientes de oposici—n por todo MŽxico, incluyendo a Oaxaca, y agudizado su lenguaje en cuanto a una denunciaci—n del capital extranjero y la globalizaci—n en general (una cr’tica del capital nacional mexicano es otro asunto completamente aparte[6]), no generaron, por s’ solos, la crisis social que condujo a la rebeli—n de Oaxaca.
En el caso de Oaxaca, la crisis es anterior al TLC, y aun actualmente, hay otros factores en juego. El Plan Puebla-Panam‡, por ejemplo, cuyo prop—sito es proporcionar infraestructura para facilitar la transportaci—n de los bienes y servicios, ha sido el blanco de manifestantes oaxaque–os quienes consideran que su regi—n se ver‡ cada vez m‡s integrada a un ‡rea dominada por el capitalismo norteamericano. Tal podr’a, de hecho, ser el resultado final, pero el Plan Puebla-Panam‡ fue principalmente una iniciativa del gobierno mexicano, actuando de manera conjunta con otros pa’ses de la regi—n. Puede que sirva, en œltima instancia, a los intereses del capital extranjero, pero tambiŽn tiene una dimensi—n mexicana y centroamericana.
Y aunque existe, por supuesto, un contexto m‡s amplio en la rebeli—n de Oaxaca, sus dimensiones inmediatas fueron determinadas menos por el neoliberalismo en teor’a que por las caracter’sticas concretas y regionales de la estratificaci—n social, la cultura y la historia, incluyendo la tradici—n de la protesta organizada en el estado de Oaxaca. Esto tambiŽn implic— que el movimiento adquiriera un matiz local, una identidad œnicamente oaxaque–a, pero fue exactamente por esta raz—n misma un fen—meno profundamente enraizado, el cual no f‡cilmente pod’a ser suprimido, eliminado, o aun, replicado en otro lado.
La rebeli—n se defini—, adem‡s, por el tipo de estructura de poder que opuso, la que, otra vez, tuvo rasgos espec’ficamente oaxaque–os, no necesariamente encontrados en alguna otra parte de MŽxico. En Oaxaca, los dinosaurios del PRI (Partido Revolucionario Institucional, el partido pol’tico que hab’a perpetrado su dominio a nivel nacional por medio del clientelismo, la represi—n y la creaci—n de un gran sector pœblico) estaban todav’a en el poder en el estado de Oaxaca y practicando sus tradiciones, datando desde dŽcadas, de corrupci—n y brutalidad, gobernando a travŽs de una red de caciques locales. Por mucho tiempo, el poder en Oaxaca hab’a sido impuesto por las armas, unido a un tipo de chantaje institucionalizado: el otorgar subsidios a varias organizaciones, incluyendo las que eran percibidas como una amenaza potencial al orden social. Bajo el predecesor de Ulises Ruiz Ortiz, JosŽ Murat, estos subsidios fueron otorgados a los grupos ind’genas, incluyendo algunas organizaciones que proclamaban fuertemente su radicalismo magonista, tal como el CIPO-RFM (Consejo Ind’gena Popular de Oaxaca ÒRicardo Flores Mag—nÓ).[7] El retiro de tales subsidios por Ulises Ruiz Ortiz pudo haber sido el primero de muchos traspiŽs que hizo enfrentar la oposici—n a su gobierno. La decisi—n de Ulises Ruiz Ortiz de lanzar la polic’a en contra de un campamento de maestros durante su huelga anual por mejores salarios y mejoras al sistema educativo fue la chispa que deton— una rebeli—n, produciendo un movimiento m‡s amplio y m‡s audaz en las calles de Oaxaca. Cuando las nubes de gas lacrim—geno se dispersaron en junio del 2006, lo que emergi— era la APPO, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca. Su creaci—n –un ejemplo cl‡sico de invenci—n colectiva, sin autor o instigador individual– fue una manifestaci—n, y la expresi—n directa, de una lucha que se hab’a vuelto a la vez m‡s amplia y m‡s profunda. La palabra ÒasambleaÓ afirmaba la supuesta soberan’a de las bases, es decir, que el movimiento, en teor’a, no habr’a de ser controlado por el sindicato de maestros ni por su burocracia.
Visto de manera retrospectiva, la trayectoria de la rebeli—n de Oaxaca se asemeja a uno de los cuetes que fueron usados como armas improvisadas por el movimiento. Hab’a un arder inicial, un ascenso r‡pido, seguido por una explosi—n que dej— pedazos y brasas encendidas desparramadas por el suelo. Para poder discernir d—nde se encontraban las chispas m‡s brillantes, se hace necesaria una recapitulaci—n de los episodios clave en el movimiento. Una interpretaci—n, adem‡s, del auge y la ca’da del movimiento requiere un examen m‡s cercano de sus varios componentes.
La APPO fue una entidad problem‡tica desde el principio. Se volvi— r‡pidamente claro que, en su tentativa de mantener una unidad global, la APPO se hab’a convertido en un todo para todos, una parte en condominio burocr‡tico y otra parte en movimiento social. Para el componente antiautoritario de la rebeli—n, fue un ejemplo de la democracia directa. Para los estalinistas del FPR (Frente Popular Revolucionario, una organizaci—n controlada por el Partido Comunista de MŽxico (marxista-leninista)), cuyos operativos actuaron de manera agresiva para instalarse en las posiciones de liderazgo, autoriz‡ndose as’ como portavoces de la APPO, represent— una oportunidad de oro para aumentar su influencia. Otras agrupaciones pol’ticas, tales como NIOAX (la Nueva Izquierda de Oaxaca en la que el pol’tico Flavio Sosa –y el primer prisionero pol’tico del movimiento oaxaque–o– hab’a aterrizado recientemente), vieron una apertura para una suerte m‡s convencional de avance pol’tico. En las palabras de los que luego criticaron una tal manipulaci—n y oportunismo, la APPO fue vista por algunos como un Òtrampol’nÓ: su poder pod’a ser usado como palanca para logar otros prop—sitos, que fueran obtener un cargo electivo, promover la agenda de un partido marxista-leninista, o ambos a la vez. La tan cacareada Òautonom’aÓ de la base de la APPO fue m‡s respetada en teor’a que en la realidad, al menos dentro de la asamblea misma.
Como mencionamos anteriormente, la rebeli—n de Oaxaca no apareci— ex nihilo o sencillamente como una respuesta espont‡nea a circunstancias econ—micas y pol’ticas. Hab’a habido una historia de larga data de oposici—n al status quo en el estado de Oaxaca, en la que la t‡ctica del plant—n hab’a sido empleada repetidas veces; fue, de hecho, una parte del repertorio de la protesta social en MŽxico en general. Durante dos dŽcadas, la Secci—n 22 del sindicato de maestros hab’a demostrado su esp’ritu de lucha, y sus exigencias rebasaban a menudo las categor’as puramente econ—micas: mejor educaci—n para los pueblos ind’genas hab’a sido la m‡s destacada de entre ellas. Sin embargo, hab’a habido tambiŽn un claro l’mite al tipo de lucha empleado por los maestros. Aunque frecuentemente retratados como campeones altruistas de los pueblos ind’genas de Oaxaca –y detr‡s de este retrato idealizado s’ hay algo de verdad– la lucha de los maestros adem‡s ten’a un claro elemento de interŽs.
Por ejemplo, no fue accidental que el liderazgo del sindicato de maestros, inmediatamente anterior a la intervenci—n de la Polic’a Federal en octubre de 2006, estaba dispuesto a hacer un trato y traicionar al resto de la APPO. Esta traici—n fue denunciada por el resto del movimiento oaxaque–o, incluyendo las bases del sindicato de maestros mismo, pero la divisi—n no era tan clara entre los bur—cratas sindicales por un lado y la base radical por otra. Entre el sindicato de maestros, y en oposici—n a su liderazgo m‡s convencional, los estalinistas del FPR ten’an considerable seguidores, y eso fue el fulcro que les permiti— colonizar de manera eficaz gran parte de la APPO misma, instalando sus activistas en posiciones clave e intentando acortar y silenciar las corrientes antiautoritarias dentro del movimiento m‡s amplio. No resulta, quiz‡s, nada sorpresivo que los maestros oaxaque–os radicales, quienes, como sus contrapartes en tantos otros pa’ses se consideran los portadores de la consciencia a las masas atrasadas, sean tan ‡vidos marxistas-leninistas.
Antes de este desenlace deprimente, sin embargo, muchas otras cosas sucedieron en Oaxaca, debidas a las iniciativas de las bases del movimiento y que mayormente escaparon del control estricto de los ÒrepresentantesÓ proto-burocr‡ticos. ƒstas esbozaron una nueva configuraci—n de poder social en Oaxaca, pero no en el sentido cl‡sico de Òpoder dualÓ tan frecuentemente tratado por te—ricos revolucionarios del siglo XX. En Oaxaca, esta reconfiguraci—n era m‡s impl’cita que explicita, m‡s Òn—madaÓ y m—vil que algo objetivado. Este fracaso relativo del movimiento es algo que sus cr’ticos de la izquierda se–alan, pero les pasa por alto el hecho de que fue Òen su propia existencia en actoÓ que la Comuna de Paris hab’a tenido valor ante los ojos de Marx.
Lo que todav’a no queda claro a estas alturas, es lo que pas— dentro de la APPO, c—mo eran sus procedimientos. Sabemos que hab’a un sinnœmero de reuniones, y que varios comitŽs fueron elegidos con tareas espec’ficas por cumplir. A este respecto, s’ parece haber existido un principio de mandatos que operaban dentro de la APPO. Pero el hecho de que varios portavoces (y vale la pena reiterar que la mayor parte eran estalinistas) continuaban a hablar por el movimiento, sin ninguna rendici—n de cuentas a sus bases, pone eso en duda. El hecho de que la asamblea insistiera en funcionar sobre una base de consenso, al menos en sus primeros meses, es tambiŽn interesante, pero no menos problem‡tico. Una observancia estricta del consenso parecer’a ipso facto militar en contra de que una minor’a radical pudiera expresar sus puntos de vista en la asamblea. Antiautoritarios dentro del movimiento habr’an mas tarde de descubrir los l’mites de este principio, y de un consenso ilusorio, el cual, de todos modos, no preocupaba a los operadores sin escrœpulos del FPR. Por el momento, no tenemos disponibles transcripciones para averiguar si las deliberaciones de las bases de la APPO reuniŽndose en asamblea fueran, de hecho, an‡logas a los debates del Soviet de Petrogrado o las asambleas revolucionarias de los trabajadores en Barcelona en el 1936-1937. A pesar de todo el uso del tŽrmino ÒComuna de Oaxaca,Ó Žste s—lo puede entenderse en este momento, en el mejor de los casos, como una meta a la que aspiraba el movimiento, y en el peor de ellos, a una mera ilusi—n.
Lo que s’ queda claro, sin embargo, es que el periodo de octubre-noviembre 2006 fue el punto ‡lgido de la rebeli—n de Oaxaca, y la etapa decisiva para el movimiento en un sentido estratŽgico. Con la entrada de la Polic’a Federal en la ciudad el 29 de octubre del 2006, el movimiento se vio enfrentado por el poder armado del gobierno mexicano, y no s—lo la polic’a y los porros del gobernador. A continuaci—n de esta intervenci—n, la rebeli—n fue puesta en primera instancia a la defensiva, siendo desalojada de sus posiciones centrales en y alrededor del z—calo y repleg‡ndose, bajo la presi—n de la polic’a antimotines y el gas lacrim—geno lanzado desde helic—pteros y por tierra, hacia el ‡rea alrededor de la universidad.
El 2 de noviembre del 2006, mientras la polic’a avanzaba hacia la universidad para silenciar a la œnica estaci—n de radio del movimiento que quedaba (una que hab’a servido como un medio vital para coordinar la resistencia contra la polic’a), la rebeli—n mont— una defensa, usando las barricadas que ya hab’an sido levantadas en la ciudad. Los luchadores callejeros determinados tuvieron Žxito en frustrar la avanzada polic’aca en la universidad, y por un tiempo parec’a que el movimiento hab’a retomado la iniciativa. Pero despuŽs de esta victoria en las calles, los manifestantes buscaron retomar el z—calo el d’a 25 de noviembre de 2006, y as’ cayeron en una trampa dise–ada de manera experta por las autoridades, quienes lanzaron su propia y violenta contraofensiva en contra del movimiento. Los resultados de esto habr’an de contarse en las decenas de manifestantes heridos, las matanzas realizadas por los porros, la encarcelaci—n de activistas, y una situaci—n estratŽgica general en la que el movimiento se vio obligado a pasar a la clandestinidad y fue, literalmente, puesto en fuga.
Cuando la rebeli—n torn— a levantar la cabeza en la ciudad de Oaxaca a inicios del 2007, no era ya el mismo movimiento. El movimiento enfrent— una suerte de estado policiaco a nivel local, mientras que sus propias contradicciones se hab’an agudizado, alcanzando el punto de ruptura. Ya, el d’a 25 de noviembre de 2006, en un momento crucial de confrontaci—n con la polic’a, el autollamado liderazgo de la APPO hab’a intentado quitar la barricada de Cinco Se–ores y fue detenido a gritos por sus defensores, quienes rehusaron moverse. Una divisi—n m‡s generalizada entre la cara estalinista oficial de la APPO y las corrientes antiautoritarias en sus bases se intensificaba, y habr’a de emerger a la luz a principios del 2007.
A principio de septiembre,
2006, en un momento en que las barricadas surg’an por toda la ciudad de Oaxaca,
era evidente que un acontecimiento sin precedentes estaba teniendo lugar: la
ciudad se hab’a convertido en un laboratorio. Nunca en la historia contempor‡nea del pa’s, en ninguna
ciudad, un entramado de barricadas se hab’a producido a una escala tan grande
(nunca se hab’a intervenido el tejido urbano con una amplitud tal de
construcciones espont‡neas), lo que implicaba a su vez que nunca la poblaci—n
de una ciudad hab’a tomado el control de un ‡rea urbana tan extensa.
HŽctor Ballesteros
Introducci—n a Puntos B: Cartograf’as de una ciudad en
crisis: Oaxaca 2006, DVD interactivo, 2007
As’ como una narrativa pol’tica a niveles macro y micro, la rebeli—n de Oaxaca ha de ser entendida en tŽrminos de la creaci—n de un espacio social alternativo dentro de la ciudad de Oaxaca misma. Este espacio fue creado por medio de ocupaciones, el levantamiento de barricadas, y en las grandes protestas en las calles (llamadas a menudo, pero no siempre con precisi—n, ÒmegamarchasÓ) realizadas por el movimiento a travŽs de un periodo de muchos meses. Al igual que cualquier reuni—n de la APPO, aqu’ es d—nde el movimiento se expres— y, como en tantos otros movimientos parecidos, la expresi—n libre y creativa fue una de sus caracter’sticas principales. La rebeli—n misma era una suerte de torrente fluido de palabras, im‡genes y actos. Estos dejar‡n su huella en los muros de la ciudad, en los cruceros de las calles, y en las mentes de los residentes. Cuando la polic’a volvi— a ocupar el centro de Oaxaca, uno de los primeros actos de las autoridades fue el de ordenar que todo el graffiti fuera cubierto de pintura, una acci—n que result— en manchas de pintura de diferentes colores remplazando a los esl—ganes y estarcidos del movimiento. El prop—sito de este ÒarteÓ polic’aco abstracto fue el de borrar todo indicio de la rebeli—n, pero lo œnico que logr— fue proporcionar un lienzo fresco para los cilindros de pintura.
Como implica HŽctor Ballesteros en su comentario de que Oaxaca se hab’a vuelto un Òlaboratorio,Ó existi— en la rebeli—n una calidad experimental en los usos que hizo de la ciudad. Cualesquiera que fueran sus defectos en tŽrminos de claridad pol’tica o su capacidad de generalizar su lucha, los rebeldes de Oaxaca mostraron un aguante notable, as’ como un talento considerable para la improvisaci—n y la innovaci—n.
Uno de los mitos que ha crecido alrededor del movimiento, y que hace falta disipar aun al costo de ofender a sus partidarios, es que la rebeli—n fue completamente o esencialmente no violenta. Aunque el movimiento pareci— haber tomado una decisi—n colectiva de no escalar su propia violencia y de actuar en defensa propia de los espacios que ocupaba, no era una lucha pac’fica en el sentido pacifista. En lugar de eso, era un h’brido: algo m‡s que un movimiento llevando a cabo la desobediencia civil, y algo menos que la guerra urbana de guerrillas, ten’a ambos aspectos.
El tŽrmino de Òguerra asimŽtricaÓ es una palabra de moda entre los te—ricos militares, un eufemismo para una batalla en la que los bandos son desiguales, o que realizan un tipo de combate cualitativamente diferente. Para tales an‡lisis, el movimiento de Oaxaca podr’a en œltima instancia servir como un modelo. Un ejemplo interesante de la creatividad de la rebeli—n radica en c—mo los participantes otorgaron un significado nuevo y positivo a la frase Òhumo y espejos.Ó En momentos cruciales de las batallas con la polic’a, grupos de bazuqueros (as’ llamados por los tubos de pl‡stico que usaban para lanzar cuetes) disparaban cohetes hacia las l’neas de polic’a en el cielo, parcialmente contrarrestando as’ el efecto de las descargas de gas lacrim—geno dirigidas a los manifestantes. TambiŽn prend’an fuego a los buses y los rodaban hacia las l’neas de polic’a: estos fueron llamados kamikazes (cuando menos, la rebeli—n ha agregado nuevas palabras al lŽxico de la protesta radical social).
Los espejos fueron empleados tanto para reflejar la luz como para arrojar una luz diferente a los asuntos. Cuando un helic—ptero policiaco sobrevolaba alrededor de una multitud de manifestantes el d’a 1¼ de noviembre del 2006, cientos de espejos de mano fueron usados por la gente que estaba en tierra para intentar confundir o desorientar al piloto. Cuando menos, mostr— a las fuerzas armadas mexicanas que estaban tratando con un movimiento dif’cilmente intimidado. DespuŽs de las noticias de violaciones y otros atropellos por parte de la polic’a contra las mujeres que hab’an sido detenidas, los manifestantes sostuvieron espejos m‡s grandes frente a la polic’a federal, quienes pod’an ver sus caras en los espejos con las palabras superpuestas: ÒSoy un violador.Ó
Unos de los aspectos m‡s interesantes de la rebeli—n de Oaxaca, y la que podr’a de hecho definirla para la posteridad, ha sido el grado en que las mujeres han participado en ella, creando su propio espacio dentro del movimiento y emprendiendo importantes iniciativas propias. En eso, han desafiado de manera directa al machismo imperante de la sociedad mexicana en general y las tradiciones patriarcales de la cultura ind’gena en el estado de Oaxaca en particular. La redefinici—n radical de los papeles de gŽnero es un tema muy tratado en los campus acomodados del ‡mbito acadŽmico norteamericano y europeo. En Oaxaca, un tal cambio ha tenido un significado m‡s pr‡ctico y sustancial: las relaciones entre hombres y mujeres, y entre diversas categor’as de personas en general, est‡n siendo nuevamente negociadas en la vida cotidiana y en el contexto de un movimiento social radical.
Las mujeres se pusieron a la cabeza de uno de los episodios m‡s excepcionales de la rebeli—n: el tomar control de un canal de televisi—n local, el cual luego reanud— su transmisi—n como un canal del movimiento, con nuevos programas creados por las ocupantes mismas, realizando entrevistas, y radicalmente alterando el equilibro de poder dentro de la ciudad. No todas estas transmisiones estaban libres de dogma o repetici—n, pero al menos en algunas, un esp’ritu alternativo y rebelde brill—.
Los j—venes tambiŽn desempe–aron
un gran papel en las fases de la rebeli—n, contribuyendo con ’mpetu en las
luchas callejeras y tomando la iniciativa de crear medios de comunicaci—n
alternativos que tuvieron un papel vital como fuentes de inteligencia t‡ctica
(sobre los movimientos de la polic’a, por ejemplo) y para comunicar las ideas
del movimiento a la poblaci—n en general.
Estos medios incluyeron las estaciones de radio empleadas por el
movimiento, as’ como las publicaciones como Barrikada y varios talleres culturales que aportaron
perspectivas frescas y nuevo lenguaje a la protesta social en Oaxaca. Todo esto se hizo sin que los
activistas j—venes jam‡s se definieran estrechamente como los protagonistas de
una Òrevuelta juvenil.Ó
Hubo, sin embargo, un aspecto muy poco progresista en cuanto a la relaci—n de la rebeli—n con sus participantes m‡s j—venes, y eso fue el uso curioso (y a lo mejor culturalmente espec’fico) de los ni–os como mascotas quienes imitaban a los adultos, dando representaciones orquestadas de discursos frente a pœblicos de mayor edad, recitando palabras que claramente no podr’an haber escrito, mucho menos entendido. Eso fue repetido en presentaciones de ni–os igualmente preparadas de antemano en el canal de televisi—n ocupado y en las estaciones de radio del movimiento. Lo que pudo haber parecido como tierno a un pœblico oaxaque–o parece a un extranjero como artificioso y empalagoso, por m‡s que sus intenciones fueran benŽvolas. Los documentales hechos por los medios independientes estadounidenses y mexicanos han registrado tales escenas sin comentarios, mostrando as’ un tipo de indulgencia paternalista que ir—nicamente, y sin duda involuntariamente, hacen eco de estereotipos anteriores de la gente ind’gena como los Òni–os de la naturaleza.Ó
En cuanto a las categor’as socioecon—micas representadas en el movimiento, se ha prestado mucha atenci—n por supuesto al papel de los maestros, al menos inicialmente, y al papel desempe–ado por la poblaci—n trabajadora en Oaxaca en general, as’ como a los residentes de las vecindades pobres. Los marxistas han visto en la heterogeneidad del movimiento su tal—n de Aquiles: no fue, en el sentido m‡s estricto, un fen—meno Ògenuino de la clase trabajadoraÓ. Podr’a esto de hecho ser una raz—n por la que el movimiento no recibi— apoyo tangible de otras partes de MŽxico, a diferencia de las huelgas recientes que han recibido una respuesta activa de otros trabajadores. Pero el asunto de clase, en una Žpoca en que tantas categor’as sociales fijas est‡n siendo desarticuladas y recompuestas, es algo que necesita ser radicalmente replanteado en primer lugar, especialmente debido a que el muy cacareado Òproletario modernoÓ, tan querido por los situacionalistas y otros, todav’a no ha tenido su designada cita con la historia. No cabe duda, sin embargo, que un inventario sociol—gico del movimiento oaxaque–o revelar’a caracter’sticas espec’ficas que a lo mejor no se encuentran en otras partes, ni en MŽxico ni en otros pa’ses.
ÀQue de d—nde son,
que de d—nde son?
El son de la
barricadaÉ
ÒEl Son de la BarricadaÓ
una canci—n de la rebeli—n de Oaxaca
Una categor’a de participantes que es tratado por los observadores mexicanos, pero por pocos extranjeros, es la de los chavos banda, un tŽrmino que es dif’cil traducir al inglŽs, pero que significa algo como Òdelincuentes de la calleÓ o ÒbravuconesÓ (un equivalente en francŽs podr’a ser blousons noirs). Este grupo tuvo un papel activo en la rebeli—n, especialmente en las barricadas y en las luchas contra la polic’a, llamando tanto la atenci—n como para figurar en las polŽmicas ajenas. No es de sorprenderse que, puesto que eran miembros del Òlumpen-proletariatÓ (y debemos recordar quŽ tan despectivo y subjetivo es este tŽrmino, y que es otro de los legados te—ricos m‡s dudosos de Marx), eran vistos con desprecio por los estalinistas del FPR y en general por los que ten’an una posici—n social m‡s segura, tales como los maestros y los peque–os burgueses que tambiŽn formaban parte del movimiento. Y en realidad, el asunto no es nada inequ’voco. Muchos de los luchadores callejeros politizados eran influenciados por ideas anarquistas (otra raz—n m‡s por la que fueron tratados con tanto desdŽn por los marxistas-leninistas), pero eso no signific— que sus acciones aut—nomas siempre tuvieran un sentido estratŽgico para los anarquistas organizados en la rebeli—n de Oaxaca. Desde luego, ser’a interesante saber m‡s acerca de c—mo se han desarrollado estas tensiones desde finales de noviembre del 2006, y enterarse de quŽ ha pasado a los chavos banda desde el reflujo del movimiento como movimiento de las calles.
Adem‡s de la gente de las barricadas, los otros enfoques radicales de la rebeli—n de Oaxaca estaban compuestos por los grupos e individuos dentro de la APPO que desafiaban la hegemon’a de los estalinistas del FPR en cuanto a las estructuras formales del movimiento. Estos antiautoritarios, quienes conformaban en tŽrminos generales a la ala magonista/antiburocr‡tica del movimiento, s’ ten’an una perspectiva pol’tica consciente, comprometida al libre debate y el poder aut—nomo de las bases de la APPO. HabiŽndose dejado maniobrar por el FPR en la fase inicial de la APPO, estos elementos –que inclu’an a los grupos que conforman la Alianza Magonista Zapatista y VOCAL (Voces Oaxaque–as Construyendo Autonom’a y Libertad), un grupo de m‡s reciente formaci—n– se encontraban en una posici—n dŽbil para poder desafiar a los estalinistas, especialmente cuando las bases de la APPO ya no pod’an reunirse con tanta facilidad tras la severa represi—n en las semanas y los meses sucesivos al noviembre de 2006. Sin embargo, estos grupos s’ publicaron sus cr’ticas vehementes de la pol’tica manipuladora del FPR y su difamaci—n de los que se opon’an al control de hierro que Žste ten’a sobre la APPO (para traducciones en inglŽs de los materiales detallando las posiciones de la izquierda antiautoritaria en Oaxaca, vŽase www.collectivereinventions.org).
Poco despuŽs de que estas divisiones dentro de la APPO surgieran a la luz, el activista destacado de VOCAL, David Venegas, fue encarcelado por el estado, dando a los antiautoritarios en Oaxaca una figura y una causa (prisioneros pol’ticos) alrededor de las cuales unirse, a la vez intentando diseminar sus puntos de vista antiestalinistas sobre el futuro del movimiento. Sin embargo, la encarcelaci—n de Venegas les priv— de una voz elocuente y aguda que no ten’a empacho en ir a la ofensiva contra el FPR (Venegas fue liberado de la c‡rcel –por el momento– a principios de marzo del 2008, pero todav’a tiene un nœmero de cargos en su contra). A finales del 2007, la ala antiburocr‡tica de la APPO celebr— una reuni—n pœblica, denominada la Tercera Asamblea Estatal de la APPO, convocada en ruptura abierta con el FPR o la ala ÒoficialÓ de la APPO. ƒsta junt— a un nœmero de grupos y representantes de las vecindades y (ex) barricadas, incluyendo una cantidad considerable de j—venes antiautoritarios.
Aunque este acontecimiento pareci— indicar que hab’a una apertura clara para que el sector antiestalinista creciera y se estableciera como movimiento aut—nomo en sus propios tŽrminos (con o sin el uso del nombre APPO, que varios en VOCAL consideraban ya desprestigiado por las acciones del FPR), parece que, por el momento al menos, los antiautoritarios oaxaque–os est‡n librando una batalla valiente pero solitaria, arregl‡ndoselas con recursos limitados y atrayendo s—lo un nœmero relativamente peque–o de personas a su causa.
La represi—n estatal y las pol’ticas burocr‡ticas del FPR y su filial dentro de los maestros se han hecho sentir en Oaxaca. El movimiento ya no es lo que era, y ya no moviliza las multitudes como en su apogeo. Lo que queda de la rebeli—n, puesta a la defensiva, ha sido reducida casi a una sola exigencia – el asunto primordial desde el inicio – la remoci—n del aborrecido Ulises Ruiz Ortiz de su cargo. As’ las cosas, el movimiento se ha vuelto autolimitante: ya no encarna abiertamente una visi—n de una sociedad diferente, algo que, hay que reconocerlo, es muy dif’cil lograr en las circunstancias actuales. De todos modos, las reuniones se celebran, y los j—venes anarquistas han estado especialmente activos en cuidar que las llamas de la rebeli—n no se extingan por completo. Mientras tanto, el sindicato de maestros ha tomado nuevamente su propio camino, y aunque s’ hacen llamados para que se liberen a los prisioneros pol’ticos, ha tornado esencialmente al terreno de las exigencias corporativistas, econ—micas.
Las œltimas p‡ginas de la revuelta de Oaxaca, desde luego, todav’a no se han escrito. Sin embargo, si la rebeli—n jam‡s haya de convertirse otra vez en un fen—meno de masas, y su mensaje haya de ser retomado en otras partes de MŽxico, tendr‡ que, en modo algo parad—jico, tanto reconectar con la sociedad oaxaque–a m‡s amplia como dejar de ser estrechamente esteriotipada como un movimiento puramente oaxaque–o. Es una gran tarea, y parece arrogante de parte de los de fuera criticar los defectos de un movimiento que lleg— tan lejos como el de Oaxaca. Pero hacerse de la vista gorda a las debilidades y los dilemas del movimiento no resulta œtil para nadie.
Ése puede calcular que, con
poco esfuerzo, m‡s de 10,000 hombres estar’an dispuestos a venir a esta
parroquia desde las monta–as de los alrededores, audaces como el clima de la
tierra, como es atestiguado por los acontecimientos atroces que han tenido
lugar, m‡s en esta provincia sola que en todas las dem‡s del reino; y tan
recelosos est‡n estos hombres que yo he o’do y sŽ de cosas acerca de ellos en
este asunto que no puede decirse ni de los capitanes m‡s experimentados.
Fr. Alonso de Cuevas D‡valos
Obispo de Oaxaca en su carta al virrey desde Tehuantepec
Abril del 1660[8]
Intentando trazar los contornos del contexto m‡s amplio en el que la rebeli—n de Oaxaca emergi—, se recuerda a los exploradores buscando los or’genes del Nilo: todo depende de quŽ tan por atr‡s uno quiera ir. Como la citaci—n arriba indica, la regi—n de Oaxaca era considerada rebelde durante un siglo entero despuŽs de la conquista espa–ola de MŽxico, y fue el escenario de varias revueltas mayores contra la autoridad colonial. Al describir la misma revuelta de 1660 que tanto asust— al Obispo de Oaxaca, otro de sus compatriotas hizo referencia gravemente a las Òcircunstancias de rebeli—n y mal esp’rituÓ que predominaban en la regi—n.
La tentaci—n para los partidarios de la rebeli—n actual ha sido la de trazar una l’nea directa desde los incidentes como la revuelta de Tehuantepec del 1660, que ocurri— en el sur de lo que hoy en d’a es el estado de Oaxaca, a los eventos del d’a de hoy, viendo al movimiento contempor‡neo como s—lo el episodio m‡s reciente de una tradici—n ininterrumpida de oposici—n aborigen a la sociedad occidental en todos sus disfraces, sea en la forma de los conquistadores espa–oles, del gobierno mexicano, del imperialismo estadounidense, o de la cultura de consumo globalizado. Este tema ha aparecido de manera frecuente en el discurso del radicalismo ind’gena mismo, donde la conexi—n entre pasado y presente se ha hecho literal en la celebraci—n de los Ò500 a–os de resistenciaÓ de parte de los pueblos nativos al dominio ÒextranjeroÓ (i.e. no ind’gena).
Si uno simpatiza con este argumento en general, existen no obstante problemas con cualquier idealizaci—n de las tradiciones nativas, y con la construcci—n de una comunalidad imperfectamente entendida puesta en contra de los males supuestamente absolutos de la Modernidad. Afirmando esto, no se impugna, ni describe como Òfalsa consciencia,Ó a los puntos de vista de los ind’genas mismos acerca de sus vidas, sus luchas, y sus reclamos fundamentales en contra del orden imperante, tanto local como global. Al contrario, confiere a estos puntos de vista la autonom’a que merecen (ÀquiŽn m‡s que los ind’genas puede hablar para, en vez de solamente por, las culturas nativas?), y reconoce una cierta incapacidad por parte del observador for‡neo de captar las realidades de las sociedades ind’genas, de ver el mundo de la misma manera que los que lo ven con ojos aut—ctonos.
Sin embargo, el reconocer un tal l’mite a la comprensi—n no requiere un abandono total de las facultades cr’ticas a favor de las generalidades vac’as que caracterizan tanto al lenguaje de los partidarios primermundistas del radicalismo del cuarto mundo, una ret—rica que es m‡s emotiva que anal’tica, y m‡s aclamaci—n que encuentro sustantivo con las realidades ind’genas. Al leer algunas versiones, uno llegar’a a la opini—n de que hab’a existido una ƒpoca de Oro precolombina en la que la paz, la equidad y la cooperaci—n reinaron por todas las tierras que habr’an de conocerse luego (en homenaje a sus colonizadores europeos) como las AmŽricas. En breve, esta leyenda no permite que los datos estorben a su trama ut—pica. Ignora o trivializa la existencia de la autoridad hereditaria (y absolutista), las castas, la esclavitud, y las guerras tribales en el mundo ind’gena antes de la Conquista.
Para regresar a la realidad y la situaci—n en Oaxaca, un desaf’o clave para los extranjeros (la condici—n de extranjero siendo algo que no es necesariamente posible de superar, pero la que puede permitir, hechas ciertas salvedades, una perspectiva que es valiosa precisamente por su distancia focal del asunto) es precisamente el de lidiar con la relaci—n de la rebeli—n y la cultura ind’gena. Los participantes han enfatizado que el ejemplo de los usos y costumbres tradicionales observados en muchos pueblos en el estado de Oaxaca ha dejado una fuerte huella en el movimiento. Esta influencia est‡ marcada, en primer lugar, por la importancia central dentro del movimiento de la idea y la pr‡ctica de una asamblea, la forma de la asamblea siendo considerada integral por los participantes en el experimento de la rebeli—n en la democracia directa en el 2006.
Los otros elementos de los usos y costumbres descritos m‡s a menudo por los observadores y los pueblos ind’genas mismos son, adem‡s de la importancia de la asamblea comunal como el cuerpo soberano de las decisiones consensuales: 1) el sistema de cargos en el que se espera que cada miembro del pueblo participe; 2) una forma de labor obligatoria y no remunerada a beneficio de la comunidad llamada tequio; 3) una pr‡ctica del intercambio rec’proco de regalos y servicios llamada (en zapoteco) guelaguetza; 4) un compromiso profundo con el valor de la cooperaci—n; y 5) la posesi—n comunal perenne de las tierras.
Vale la pena notar que casi todos estos usos y costumbres han cambiado con el tiempo, y han sufrido transformaciones fundamentales, lo mismo que ha pasado, por supuesto, con la estructura misma de la sociedad ind’gena en MŽxico, empezando con la desaparici—n de su nobleza hereditaria. Es m‡s, si los usos y costumbres de hoy no son pr‡cticas enteras e intactas de otra Žpoca preservadas en un tipo de ‡mbar cultural, tampoco son uniformes, variando de manera considerable dentro del estado de Oaxaca.
Como ejemplo de c—mo la historia ha modificado lo que se presenta como tradiciones Òeternas,Ó podemos tomar una de ellas: el tequio, generalmente descrita como labor no remunerada, pero obligatoria, a beneficio de la comunidad. Junto a la importancia de la cooperaci—n en los pueblos ind’genas, esta pr‡ctica se aduce a menudo como ejemplo vivo del apoyo mutuo en una sociedad comunal, lo que sin duda ocurre en muchos casos en Oaxaca. Sin embargo, es interesante rastrear la etimolog’a de la palabra misma para ver los significados diferentes que ha adquirido en varios contextos. Tequio se deriva de la palabra n‡huatl (azteca) tequitl, que originalmente quer’a decir Òtributo,Ó de labor o tierras debido a la nobleza tradicional (la casta ind’gena precolombina reinante) u otros soberanos (incluyendo los conquistadores aztecas de otras tribus ind’genas). M‡s tarde fue integrado y codificado como el sistema tributario de los colonizadores espa–oles, quienes se aprovecharon h‡bilmente de las divisiones tribales y de casta dentro de la sociedad ind’gena, las mismas fisuras que ya hab’an desempe–ado un papel fundamental en la conquista original.
Aunque el tequio, tal como se pr‡ctica en el Oaxaca contempor‡neo, evoca para algunos norteamericanos o europeos una visi—n de la colaboraci—n voluntaria –tal como en los jardines comunitarios del Parque del Pueblo de Berkeley en 1969 o en los esfuerzos aun anteriores de cooperaci—n en Provo çmsterdam– sus connotaciones positivas fueron, otra vez, desarrolladas y modificadas con el tiempo, y no en todos lados. En algunas partes de AmŽrica Central, el significado negativo no se ha perdido: en el espa–ol de Nicaragua, tequioso significa Òimperioso,Ó ÒengorrosoÓ o Òmolesto,Ó mostrando claramente su origen de una palabra asociada con la labor coartada, la obligaci—n, y el deber.
El sistema de cargos es igualmente problem‡tico, y no precisamente merece el entusiasmo de los antiautoritarios que son defensores de las asambleas y los delegados revocables. En aproximadamente el 15% de los pueblos tradicionales oaxaque–os, las mujeres tienen prohibido participar formalmente en la asamblea comunal y tener cargos. Este dato ha recibido recientemente mucha atenci—n en los medios mexicanos como resultado del caso de Eufrosina Cruz Mendoza, quien no pudo postularse para presidenta de su pueblo natal de Santa Mar’a Quiegolani (en el estado de Oaxaca) por la sencilla raz—n de que es mujer. Un tal ejemplo de una suerte de apartheid basado en el gŽnero deber’a de dar quŽ pensar a cualquiera que intente ver a los pueblos oaxaque–os como an‡logos contempor‡neos de los colectivos rurales de la revoluci—n espa–ola. TambiŽn subraya el grado en el que el movimiento oaxaque–o contempor‡neo abri— nuevos caminos respecto a la cultura ind’gena tradicional, especialmente (pero no s—lo) en relaci—n a los papeles de gŽnero. De muchas maneras, entonces, la rebeli—n de Oaxaca no fue un fen—meno at‡vico o ÒtradicionalÓ. La asamblea en la rebeli—n oaxaque–a urbana –en la medida en que funcion— como una reuni—n de participantes de base eligiendo a delegados autorizados pero revocables era algo diferente que una asamblea de todos los miembros de un pueblo ind’gena. Puede que tuviera un v’nculo con las pr‡cticas comunales en el estado de Oaxaca, pero tambiŽn fue innovadora comparada con estas tradiciones, teniendo m‡s en comœn con las formas aut—nomas producidas en otras luchas de AmŽrica Latina en dŽcadas recientes, desde Chile en 1973 (los cordones industriales) al movimiento reciente piquetero en Argentina.
La relevancia de las costumbres y pr‡cticas ind’genas tambiŽn es una pregunta abierta en lo que respecta a otros asuntos. En muchos pueblos tradicionales oaxaque–os, es obligatorio hacer una Òlabor socialmente œtilÓ y aceptar la responsabilidad en un nœmero de posiciones definidas (los cargos arriba mencionados). Si uno rechaza o evade tales obligaciones, es despojado de su membres’a en el pueblo, siendo, en efecto, condenado al ostracismo de la comunidad. Los oaxaque–os que dejan a su pueblo para emigrar a los Estados Unidos o Canad‡ tienen que cumplir con sus obligaciones de todos modos para mantener su categor’a de miembro* de la comunidad. Es testimonio de la importancia de esta identidad el hecho de que muchos inmigrantes regresen a sus pueblos para desempe–ar sus responsabilidades; es revelador de las ambigŸedades de una tal identidad que su comunalidad implica una cierta coacci—n y que hoy en d’a, el concepto de lo que es voluntario o libremente dado est‡ minado por el hecho de que los miembros del pueblo pueden pagar a otros para cumplir con sus obligaciones de tequio: la comuna rural choca con el nexo del dinero, y no s—lo en este punto. Las remesas provenientes de oaxaque–os que trabajan en los Estados Unidos y Canad‡ sirven para fortalecer la econom’a estatal, pero tambiŽn han transformado varios aspectos de la vida de los pueblos rurales en Oaxaca, trayendo las antenas parab—licas y otros accesorios de la sociedad de consumo tan desde–ados por los defensores primermundistas de las culturas ind’genas.
Adem‡s, en las circunstancias actuales del poder social en Oaxaca, el sistema de usos y costumbres –legalmente codificado en el estado– puede entenderse como una forma de recuperaci—n, una manera de integrar a la sociedad ind’gena tradicional a las estructuras preexistentes de poder pol’tico y social. La consagraci—n oficial de usos y costumbres tuvo lugar en 1995 durante el sexenio del gobernador priista JosŽ Murat, justo en un momento en que la elite gobernante en Oaxaca se sent’a amenazada por las exigencias de autonom’a de los movimientos ind’genas en el estado. Un estudio cuidadoso de Alejandro Anaya Mu–oz revela que la estrategia de la Žlite, frente a esta amenaza, fue la de coartar e integrar a las exigencias ind’genas, aunada al recurso tradicional de comprar a los caciques locales as’ como sobornar a los pobladores en Žpoca de elecciones.[9]
ÀQuŽ se puede decir, al final, de la relaci—n con las pr‡cticas tradicionales en el movimiento social en Oaxaca? S’ la hay, claramente, pero como se explica arriba, no es para nada inequ’voco. Tampoco quiere decir que sea trivial, o que la perspectiva ind’gena sea de alguna manera s—lo un asunto secundario. Sin embargo, cualquier posici—n te—rica definitiva respecto a estos asuntos puede resultar quimŽrica. En vez de intentar llegar a una respuesta que de todos modos no ser’a jam‡s definitiva sino aproximada, en vez de eso, a lo mejor habr’a que plantear preguntas, e insistir en los pliegues de un paisaje que otros ven como plano o sencillo.
Para los defensores incondicionales –y sin sentido cr’tico– de las luchas ind’genas, no existen tales problemas conceptuales. Sencillamente aprueban las pr‡cticas tradicionales como igualitarias y comunales de manera innata; algunas incluso van hasta el extremo de hacer afirmaciones extravagantes acerca de la cosmovisi—n (manera de ver el mundo) de los pueblos nativos, elevando la disimilitud entre las mentalidades tradicionales y modernas al nivel de una diferencia ontol—gica pura.[10] Este es un ejemplo cl‡sico de un argumento esencialista: hay una verdadera ÒindigenidadÓ que es ahist—rica, inmutable y org‡nica. Y lo que emerge de este pensamiento es un tipo de pol’tica de identidad basado en un fundamentalismo indigenista.
Los marxistas tradicionales, al contrario, tienden a descartar de antemano cualquier argumento a favor de un campesinado radical y sus tradiciones comunales. En eso, uno oye la voz del maestro: el Marx que famosamente hizo referencia en la secci—n introductoria del Manifiesto Comunista a Òla idiotez de la vida rural.Ó Hay, desde luego, m‡s del argumento marxista que mera condescendencia, incluyendo las rapsodias del Marx m‡s joven en La Ideolog’a Alemana acerca de una sociedad comunista en la que Žl pod’a cazar, pescar y filosofar todo el d’a sin ser definido por ninguna actividad en particular.[11] Sin embargo, para casi todos los marxistas, quienes basan su perspectiva en una teor’a de las fases necesarias e inevitables de la historia, hay s—lo un camino posible a un futuro poscapitalista, y esta puerta ser‡ abierta por la clase trabajadora industrial. Cualquier autonom’a de parte de los otros elementos sociales subordinados est‡ descontada; cuando mucho, puede servir como un agregado a las acciones de la clase trabajadora, la que tiene que hacer el papel de vanguardia (excepto, aunque eso nunca se admite por los te—ricos marxistas, cuando tienen que seguir el ejemplo de la vanguardia verdadera: la inteligencia radical a la que pertenecen los te—ricos mismos).
En a–os recientes, sin embargo, las teleolog’as marxistas han sido tomadas desprevenidamente m‡s de una vez, y los marxistas disidentes reconocen esto. El marxismo autonomista ha demostrado estar mucho m‡s abierto a una consideraci—n de los movimientos sociales no tradicionales (en Argentina, Bolivia y MŽxico) como dotados con potencialidades radicales y anticapitalistas. Desafortunadamente, sus escritos sobre el tema se desv’an a menudo en una auto parodia posmodernista, como cuando aparecen los tŽrminos Òvalorizaci—nÓ (como tŽrmino positivo con relaci—n a los protagonistas radicales y sus acciones aut—nomas) y Òbiopol’ticaÓ.
En comparaci—n, la tradici—n anarquista ha sido hist—ricamente mucho m‡s abierta a una consideraci—n de las iniciativas radicales de los campesinos, y ha ido mucho m‡s lejos que el marxismo en incluir una cr’tica de la dominaci—n de la naturaleza (un proyecto que yace en el coraz—n de los estados productivistas leninistas) como parte de su rechazo de las jerarqu’as sociales, del estado y del capital. Es precisamente por esta raz—n, junto con una insistencia sobre la importancia de la cooperaci—n y la comunidad, que el trabajo de Peter Kropotkin, ElisŽe RŽclus y Max Landauer ha adquirido una nueva relevancia, aun para algunos marxistas. Y en el caso de los pensadores anarquistas latinoamericanos, y en el gŽnero de temas presentes en Oaxaca, hay una conexi—n mucho m‡s directa. Los anarquistas peruanos en los primeros a–os del siglo XX no s—lo estaban intentando integrar las perspectivas ind’genas en su teor’a de c—mo un comunismo libertario andino pod’a lograrse, sino que incluyeron tambiŽn a los andinos entre sus filas. Hay una cierta iron’a dulce en el hecho de que las historias y los movimientos que parec’an tan anticuados u obsoletos a los marxistas latinoamericanos del siglo XX (con algunas excepciones, entre ellas JosŽ Carlos Mari‡tegui) ahora est‡n recibiendo la atenci—n que merecen. Los historiadores de un anarquismo latinoamericano siguen descubriendo un pasado que tiene implicaciones en el presente, y no han ni empezado a agotar el tema.[12]
En cuanto a Oaxaca, no hay necesidad de buscar m‡s lejos que su hijo nativo anarquista m‡s famoso: Ricardo Flores Mag—n, cuya influencia en el movimiento social actual es tal que hay un sector entero cuya orientaci—n es magonista (y esto ha sido descrito en una secci—n anterior). Aunque, y esto tambiŽn se mencion— anteriormente, hay la posibilidad de que cualquier tendencia radical sea neutralizada o comprada por el gobierno (y parece haber habido un tipo de magonismo recuperado entre las varias corrientes pol’ticas en Oaxaca), en el centro del pensamiento propio de Mag—n radica una insistencia sin compromisos en la transformaci—n revolucionaria y la vinculaci—n de los fines y los medios en la lucha de fundar una sociedad libre. Su anarquismo incluy— m‡s que una mera sensibilidad a los asuntos ind’genas: en un sentido muy real, estas preocupaciones eran al centro de su visi—n radical.
Mag—n famosamente declar— en 1911 que Òel pueblo mexicano est‡ apto para el comunismoÓ con lo cual enf‡ticamente se refer’a a un comunismo libertario, una sociedad igualitaria m‡s all‡ del estado y el capital, y m‡s all‡ de la tiran’a de los jefes de partido de cualquier estirpe. Y esto no fue una mera afirmaci—n de su propio credo, sino que estuvo basada en sus observaciones hechas en Oaxaca y otras partes de MŽxico, donde sab’a que una tradici—n de propiedad y cooperaci—n comunales hab’a sobrevivido hasta el siglo XX:
El pueblo mexicano odia, por
instinto, la autoridad y la burgues’a.
Todo aquel que haya vivido en MŽxico se habr‡ cerciorado de que no hay
individuo m‡s cordialmente odiado que el gendarme; que el soldado, en todas
partes admirado y aplaudido, es visto con antipat’a y desprecio; que toda
persona que no se gana el sustento con el trabajo de sus manos, es odiada.
Esto es ya m‡s que suficiente
para una revoluci—n social de car‡cter econ—mico y antiautoritario; pero hay
m‡s. En MŽxico viven unos cuatro millones de indios que hasta hace veinte o
veinticinco a–os viv’an en comunidades, poseyendo en comœn las tierras, las
aguas y los bosques. El apoyo mutuo era la regla en esas sencillas comunidades,
en las que la autoridad s—lo era sentida cuando el agente de recaudaci—n de
rentas hac’a su aparici—n peri—dica o cuando los rurales llegaban en busca de
varones para hacerlos ingresar por la fuerza al ejŽrcito. En estas comunidades
no hab’a jueces, ni alcaldes, ni carceleros, ni ninguna polilla de esa clase.
Regeneraci—n, 12 de septiembre de 1901.
El asunto de las tierras comunales ha intrigado a muchos analistas radicales en cuanto a la situaci—n en Oaxaca. Aunque uno quisiera creer que en Oaxaca y Chiapas sobrevive algœn equivalente del mir ruso como una apertura a travŽs de la cual la sociedad pudiera hacer un salto radical –sobre la base de la propiedad colectiva y las pr‡cticas comunales y cooperativas– al comunismo libertario, en la ausencia de evidencia m‡s contundente esto no es m‡s que la especulaci—n ut—pica. Como est‡n las cosas ahora, las Òcomunas ruralesÓ de Oaxaca se encuentran enzarzadas en disputas entre ellas sobre sus tierras colectivas, y la exigencia para la Òautonom’aÓ ind’gena parece a menudo ser m‡s una llamada para una suerte de autarqu’a radical que una transformaci—n general y revolucionaria de la sociedad.
Para el capitalismo modernizador o el marxismo productivista, las diferencias sociales han de ser emparejadas en el nombre de la homogenizaci—n, un proceso en el que no hay lugar para las pr‡cticas tradicionales, excepto para ser instrumentalizadas como folclor o vitrinismo cultural. Pero si las sociedades tradicionales pueden ser caracterizadas precisamente por las calidades que las diferencian de la sociedad dominante, hay otro tipo de diferencia que no puede surgir en una sociedad consensual, colectiva a nivel de pueblo. Lo que no hay all’ es una cierta complejidad y variaci—n, as’ como una calidad aleatoria que normalmente se asocia con una vida m‡s urbanizada. Hay poca posibilidad de una subcultura, y œltimamente, de pol’tica en tales comunidades. No es ningœn accidente que el sitio inicial de la rebeli—n de Oaxaca fuera en la ciudad de Oaxaca y no en el campo, un hecho que tambiŽn explica porquŽ su car‡cter era algo diferente que el movimiento zapatista en Chiapas.
Por otra parte, hay un peligro en imbuir a la sociedad tradicional o algœn campesinado radical con una misi—n redentora, salvacionista que replica las que anteriormente eran asignadas al proletariado industrial. Los antiautoritarios de hoy corren el riesgo de promover un tipo de tercermundismo contempor‡neo en su apoyo poco cr’tico a los zapatistas y al movimiento oaxaque–o, y aun las interpretaciones m‡s matizadas a veces apestan a placer vicario, al goce de la violencia radical a una distancia, tanto geogr‡fica como social. Ha de haber una manera m‡s significativa y creativa de abordar la rebeli—n de Oaxaca que la que b‡sicamente corresponde a mirar las luchas callejeras ajenas (y lamentar el hecho de que las circunstancias no permitan que uno participe personalmente en el mismo tipo de actividad).
Por m‡s que el concepto sea laudable, una mera emulaci—n tampoco es una posibilidad. En primer lugar, especialmente para las sociedades capitalistas avanzadas, todo el mundo no es como este lugar llamado Oaxaca, por m‡s que uno quiera pensar as’. Claro est‡, existen polic’as y autoridades corruptas y autoritarias por todas partes, y hasta ese punto uno podr’a decir, si quisiera entrar en gestos vac’os, que ÒTodos Vivimos en Oaxaca.Ó Pero la mezcla espec’fica que gener— la rebeli—n de Oaxaca, la estructura socioecon—mica e historia de la ciudad y la regi—n particulares, no se encuentra reproducida ni en los ÒmetropoliosÓ del norte, ni en los del sur.
Sin embargo, ser’a un error entender la rebeli—n de Oaxaca como un fen—meno exclusivamente local, y localizado. Oaxaca es literalmente parte del mundo, especialmente en el contexto de la econom’a globalizadora, queriendo o no. Los trabajadores oaxaque–os han emigrado a los Estados Unidos y Canad‡, y han tra’do consigo su pol’tica. La circulaci—n de personas que se mueven dentro y fuera de MŽxico est‡ impulsada por fuerzas que afectan a la gente en otros pa’ses y otras regiones, y en esta medida, otros s’ tienen un interŽs en la salida de las rebeliones tales como la de Oaxaca. Este interŽs va m‡s all‡ de las abstracciones de la econom’a pol’tica o inclusive de los encuentros concretos con algœn aspecto de Oaxaca que podr’a ocurrir en la vida cotidiana (si usted vive en California, por ejemplo, es muy posible que la persona lavando sus trastes en un restaurante o recogiendo la fruta y las verduras que terminan en su mesa sea un oaxaque–o).
La geograf’a no es una cosa
inmutable. Est‡ hecha, est‡
rehecha, todos los d’as; en cada instante, est‡ modificada por las acciones del
hombre.
ElisŽe Reclus
LÕHomme et la terre (El hombre y la tierra,
1905-1908)
Para los que est‡n fuera de MŽxico, especialmente en los Estados Unidos y Canad‡, un estudio de los varios procesos que vinculan estos pa’ses a MŽxico, y espec’ficamente a Oaxaca, es m‡s oportuno, quiz‡s, que una tentativa ilusoria de entender ÒplenamenteÓ el asunto de los usos y costumbres. El fen—meno de las grandes cantidades de oaxaque–os que buscan trabajo en el norte es generalmente bien conocido, pero hay m‡s aspectos involucrados en esto que el sencillo asunto de las remesas o incluso de la condici—n de los inmigrantes ilegales en un ambiente sociopol’tico hostil (i.e. cada vez m‡s xenof—bico y racista).
Los trabajadores oaxaque–os han llevado su cultura y su pol’tica con ellos en sus viajes al norte. Han creado sus propias organizaciones laborales, con sus propias publicaciones, y a menudo han aportado a estas actividades una perspectiva ind’gena que no puede, por lo tanto, sencillamente ser asimilada como ÒhispanaÓ o ÒmŽxico-americana.Ó Parecer’a incumbir a los partidarios de la rebeli—n oaxaque–a aprender m‡s acerca de los oaxaque–os en California, Oreg—n o Columbia Brit‡nica, por ejemplo, y acerca de sus propias luchas, las cuales han incluido manifestaciones en Los çngeles en el 2006 en contra de la represi—n policiaca en su Oaxaca.[13]
Hay tambiŽn formas para hacer conexiones con Oaxaca, y para hacer una elecci—n consciente de apoyar a la ala m‡s radical del movimiento all’. Hay apoyo material para dar a las organizaciones; hay protestas que pueden (y han sido) organizadas en los consulados mexicanos en apoyo a los prisioneros pol’ticos, y en los Estados Unidos en general en contra de la histeria antiinmigrante. Hay tambiŽn, y no de manera secundaria, las palabras: palabras que van m‡s all‡ de las creencias populares, aun de las Òalternativas.Ó El mejor tributo a la rebeli—n es la de ser part’cipe de su esp’ritu, tomando riesgos y aventur‡ndose, incluso con la palabra escrita.
En una Žpoca contempor‡nea caracterizada en muchas partes del mundo por la guerra, la miseria y la destrucci—n medioambiental –hecho aun m‡s deprimente por la indiferencia y la resignaci—n colectivas o la distracci—n ante esto, especialmente en las sociedades llamadas de manera equivocada ÒavanzadasÓ– los eventos como la rebeli—n de Oaxaca son tan inspiradores como raros. Podemos estar bastante seguros de que, al menos en AmŽrica Latina, otros movimientos radicales emerger‡n, y ellos tambiŽn tendr‡n sus elementos antiautoritarios y emancipadores. Pero a menos que se consoliden y se vuelvan conscientes de sus prop—sitos y de sus enemigos (que incluyen, adem‡s de los generales y porros de la derecha, los bur—cratas y caudillos de la izquierda), ser‡n condenados a permanecer como unas notas a pie interesantes para la historia, en vez de ser puertas que abran a un futuro m‡s brillante.
Marzo 2008
Collective Reinventions
quisiera agradecer a Claudio Albertani por sus comentarios sobre un borrador
inicial de este ensayo, y tambiŽn a Loren Goldner por enviar materiales
recolectados en Oaxaca. Desde
luego, ellos no son de ninguna manera responsables por las opiniones aqu’
expresadas.
Las personas m‡s cercanas a
casa que han ayudado de manera inmensa a este proyecto saben quiŽnes son, y
cu‡nto se aprecia su ayuda.
Esperamos publicar una
versi—n impresa m‡s completa de este panfleto en un futuro cercano. Varios textos de y acerca de la
rebeli—n de Oaxaca han sido traducidos y pueden encontrarse en el sitio:
www.collectivereinventions.org
Notas Finales
* Nota del traductor: Quisiera agradecer a Tania Rom‡n por sus cuidadosas correcciones al texto final.
* Nota del traductor: la traducci—n de la palabra original aqu’ en inglŽs, Òcitizen,Ó es problem‡tica debido a los varios reg’menes de posesi—n de tierras existentes en MŽxico en general, y en Oaxaca en particular. Si el pueblo en cuesti—n es gobernado por el rŽgimen de tierras comunales, que es el caso en la mayor’a de los pueblos ind’genas, la persona que no cumple con sus obligaciones podr’a perder su condici—n de comunero. Si el pueblo est‡ dentro del rŽgimen ejidal, sin embargo, perder’a su condici—n de ejidatario.
[1] Con todo y la negativa zapatista de ser una vanguardia en la tradici—n del marxismo-leninismo latinoamericano –una negativa que condujo a que el EZLN se convirtiera en el ejŽrcito favorito de los movimientos anarquista y altermundista mundiales– no queda claro todav’a cu‡nto se haya alejado Marcos de los antecedentes mao’stas de su juventud. A pesar de todas las ediciones (en un sinnœmero de traducciones) de cada œltima declaraci—n del Subcomandante, nadie de entre las legiones zapatistas parece haberse planteado algunas preguntas obvias: ÀPor quŽ es casi siempre Marcos –el intelectual que es a la vez ide—logo y estratega del EZLN– quien habla en nombre de los Indios de la selva lacandona? ÀC—mo difiere el aura de celebridad alrededor de Marcos de otros cultos de la personalidad? Y Àd—nde, exactamente, empieza el internacionalismo, y termina el nacionalismo, en el programa zapatista? DespuŽs de todo, no es por nada que el EZLN se llama el EjŽrcito Zapatista de Liberaci—n Nacional.
[2] La experiencia oaxaque–a ha atra’do a varios testigos-participantes que han producido unas cr—nicas interesantes y detalladas de los eventos. Ha sido tambiŽn un im‡n para un tipo de Òturista revolucionarioÓ denunciado hace mucho por Hans Magnus Enzensberger (ÒTourists of the Revolution,Ó Dreamers of the Absolute, London: 1988 [ÒTuristas de la Revoluci—n,Ó So–adores del absoluto, Londres: 1988]), y sus despachos entrecortados desde las primeras l’neas no han sido necesariamente ni acertados ni informativos. En la categor’a anterior, debemos mencionar a George Lapierre, cuyas cr—nicas de los primeros seis meses de la rebeli—n son ricas en detalles y perspicacia, y francamente, infinitamente mejores a los art’culos serios pero muy simplistas que conforman el libro de Nancy Davies The People Decide: OaxacaÕs Popular Assembly, New York: 2007 [El pueblo decide: la Asamblea Popular de Oaxaca, Nueva York: 2007]. Desafortunadamente, las cr—nicas de Lapierre –escritas originalmente en francŽs– no han sido traducidas todav’a. Muchas de sus cr—nicas pueden encontrarse compiladas en el nœmero especial de la revista francesa CQFD, ÒLa Libre Commune dÕOaxacaÓ [La libre comuna de Oaxaca], Enero-Febrero del 2007 (www.cequilfautdetruire.org).
[3] Para el veredicto de la CCI (Corriente Comunista Internacional) sobre Oaxaca, vŽase a: http://www.internationalism.org/. Para la cr’tica insurreccional anarquista de la APPO, cuyo desglose de las varias maniobras pol’ticas dentro de la APPO era tanto profŽtico como preciso, vŽase el texto de la Coordinadora Insurreccional Anarquista (http://espora.org/okupache//b21hart_imp.php?p=1249&more=1). Un an‡lisis inicial notable de la rebeli—n oaxaque–a, que evit— los escollos de la denunciaci—n abstracta o el apoyo sin sentido cr’tico, fue ÒThis Is What Recuperation Looks LikeÓ [As’ es como se ve la recuperaci—n] de Kellen Kass, publicado en A Murder of Crows [Un asesinato de cuervos] no. 2, marzo del 2007 (puede encontrarse en l’nea en la secci—n de biblioteca (library) en www.libcom.org).
[4] Una suerte de marxismo vulgar es la moneda comœn en mucho de lo que pasa por el an‡lisis radical hoy en d’a. Y en una Žpoca de guerras, turbulencia econ—mica y un capitalismo globalizado que hasta ha derrumbado todas las murallas de China (como para cumplir la predicci—n de Marx de 1848), esto no deber’a ser sorprendente. La campa–a para ÒvindicarÓ a Marx no se detiene all’, sin embargo, y cuando un escritor usa el tŽrmino Òmarxismo vulgarÓ de manera despectiva, lo œnico que esto normalmente implica es que est‡ por hacer uso de un argumento ligeramente m‡s sofisticado, pero todav’a basado en las categor’as marxistas. Es este marxismo m‡s profundo el que reina en la izquierda tanto acadŽmica como militante, incluyendo las secciones que se consideran antiautoritarias, cuya dependencia de una muleta marxista s—lo demuestra su falta de habilidades cr’ticas aut—nomas. Aunque una cr’tica del marxismo pasado y presente est‡ fuera del ‡mbito del presente ensayo, se encuentra impl’cita en la orientaci—n de nuestra tendencia hacia la renovaci—n y la reexaminaci—n en el concebir un proyecto social emancipador.
[5] Para entender del todo las dimensiones de las crisis que han zarandeado la econom’a mexicana en las recientes dŽcadas, hay que regresar al menos hasta la crisis de la deuda del 1982, cuando el gobierno mexicano –en la posici—n parad—jica de ser tanto un productor de ingresos petroleros como una naci—n deudora recibiendo petrod—lares reciclados en forma de prŽstamos de los bancos internacionales– incumpli— en los pagos de su deuda. Por medio de una pol’tica de austeridad y privatizaciones, en 1987 MŽxico reuni— los requisitos para un ÒrescateÓ por parte de las instituciones financiaras internacionales, el que fue negociado por nada menos que el consigliere de la familia Bush, James F. Baker. Ulteriores concesiones habr’an de ser exigidas de MŽxico por parte del gobierno de Clinton como parte de otro programa de Òrescate,Ó todo eso formando un preludio a la implementaci—n de los tŽrminos del TLC y, simult‡neamente y como respuesta al TLC, al principio de la rebeli—n zapatista en Chiapas.
[6] VŽanse los planteamientos hechos acerca de la izquierda nacionalista en MŽxico por parte del Grupo Socialista Libertario en su cr’tica de la Otra Campa–a del EZLN (se encuentra traducido al inglŽs en www.collectivereinventions.org).
[7] VŽase el articulo de David Recondo, ÒOaxaca el ocaso de un rŽgimen,Ó Letras Libres (MŽxico), Febrero del 2007. Se trata el anarquismo de Mag—n m‡s adelante en el presente ensayo, as’ como la pol’tica revolucionaria de las organizaciones como la Alianza Magonista Zapatista.
[8] Citado en Judith Francis Zeitlin, Cultural Politics in Colonial Tehuantepec [La pol’tica cultural en el Tehuantepec colonial], Stanford: 2005, p. 168.
[9] Alejandro Anaya Mu–oz. Autonom’a ind’gena, gobernabilidad y legitimidad en MŽxico: la legalizaci—n de usos y costumbres en Oaxaca, MŽxico D.F.: 2006.
[10] Para un ejemplo de esto, vŽase Brenda Aguilar, ÒAutonom’as Latinoamericanas: Algunas reflexiones sobre Utop’as Posibles,Ó 2008 (http://anarkismo.net/newswire.php?story_id?7625)
[11] Para una cr’tica marxista del radicalismo basado en la ÒotredadÓ campesina, vŽase Tom Brass, ÒNeoliberalism and the Rise of (Peasant) Nations Within the Nation: Chiapas in Comparative and Theoretical Perspective [El neoliberalismo y el surgimiento de naciones (campesinas) dentro de la naci—n: Chiapas en una perspectiva comparativa y te—rica], The Journal of Peasant Studies [Revista de Estudios Campesinos], Vol. 32, Nos. 3&4, Julio/Octubre 2005.
[12] VŽase, por ejemplo, Wilfredo Kaspoli, Ayllus del sol: anarquismo y utop’a andina, Lima (1984), as’ como los libros de Osvaldo Bayer (sobre la huelga general en la Patagonia de 1921) y Sergio Grez Toso (sobre la historia del anarquismo chileno).
[13] Para informaci—n de fondo sobre los trabajadores oaxaque–os en los Estados Unidos y Canad‡, vŽase Lynn Stephen, Transborder Lives: Indigenous Oaxacans in Mexico, California, and Oregon [Vidas transfronterizas: oaxaque–os ind’genas en MŽxico, California y Oreg—n], Duke University Press [Editorial de la Universidad de Duke] (2007).